Todos los días cuando nos levantamos por la mañana seguramente pensamos en lo bonito que es amanecer, en la flojera que nos da ir al trabajo o en los 5 minutos más que voy a tomarme hasta que en verdad sea tarde; llevamos una rutina que nos rige todos los días y podríamos mantenernos así por el resto de nuestras vidas: “empezamos con el paso 1, luego el 2, después el 3 y comienza un nuevo día con otro paso 1…”. El hombre citadino tiene una vida totalmente programada, y busca con todas sus fuerzas las vacaciones para descansar del trabajo y el esfuerzo. Pero ¿alguien alguna vez ha pensado en llevar ese estado vacacional durante toda su vida?, para nosotros en la ciudad, alguien así podría ser considerado un vago o un charlatán que no se esfuerza ni busca su superación; para otros, aquellos que en verdad viven la vida de contemplación, esto es la espontaneidad y belleza de la vida diaria. En México existen 7.6 millones de indígenas (INEGI. CENSO GENERAL DE POBLACIÓN Y VIVIENDA 2000) que forman parte de etnias de las cuales nunca nos percatamos, podemos comer lo que ellos cosechan, usar lo que ellos tejen e inclusive fumar lo que ellos nos prepararon, pero ¿cuándo en verdad nos ponemos a pensar en esas personas que aunque podemos sentirlas muy lejos de nosotros se encuentran dentro de los límites de nuestra misma Nación?, ¿cuándo buscamos dirigirles una palabra si los vemos o los encontramos cerca de nosotros?, o peor aún ¿cuándo nos duele discriminarlos o ignorarlos como si no fueran una parte activa de la humanidad con nosotros?.
Definitivamente el hombre de hoy se encuentra separado dentro de su misma cultura y nación, y no son siquiera necesarias las grandes diferencias para que la hermandad que debería de existir entre todos los seres humanos se rompa, por el simple hecho de una apariencia distinta ya nos colocamos en lugares separados, clasificación que erróneamente es aceptada y justificada por aquéllos que tienen mayor poder que el otro, por aquéllos que tienen subordinados a los demás.
Nos encontramos en pleno siglo XXI, en el auge de toda telecomunicación y poseemos esas novedades que nuestros antepasados habrían soñado sólo alguna vez en sus deseos más creativos, sin embargo nos damos cuenta que no tenemos ni la mitad de la calidez humana que ellos mismos vivían día con día, ya no gozamos de aquél hermoso y distinto amanecer, ni nos emocionamos al ver una rosa florecer poco a poco, ni siquiera nos percatamos de la tristeza o emoción de nuestro hermano al que ya no vemos a los ojos, pero sí actuamos rápidamente por medio de computadoras, y tenemos relaciones a distancia que nos dan efectividad y una venta de mercancía práctica.
Definitivamente el hombre de hoy se encuentra separado dentro de su misma cultura y nación, y no son siquiera necesarias las grandes diferencias para que la hermandad que debería de existir entre todos los seres humanos se rompa, por el simple hecho de una apariencia distinta ya nos colocamos en lugares separados, clasificación que erróneamente es aceptada y justificada por aquéllos que tienen mayor poder que el otro, por aquéllos que tienen subordinados a los demás.
Nos encontramos en pleno siglo XXI, en el auge de toda telecomunicación y poseemos esas novedades que nuestros antepasados habrían soñado sólo alguna vez en sus deseos más creativos, sin embargo nos damos cuenta que no tenemos ni la mitad de la calidez humana que ellos mismos vivían día con día, ya no gozamos de aquél hermoso y distinto amanecer, ni nos emocionamos al ver una rosa florecer poco a poco, ni siquiera nos percatamos de la tristeza o emoción de nuestro hermano al que ya no vemos a los ojos, pero sí actuamos rápidamente por medio de computadoras, y tenemos relaciones a distancia que nos dan efectividad y una venta de mercancía práctica.
MoÖnîe*



