¿Cuántos modos hay de ir a Dios? Tantos como personas
Joseph Ratzinger.
Joseph Ratzinger.
Es muy notoria la diferencia de los primeros momentos y aún poco más adelante, cuando se creía en un Dios Paternal (amoroso o castigador) puramente por medio de la fe, sin buscar ningún otro argumento de fondo que convenciera más que el mismo miedo al castigo divino por la incredulidad y desobediencia; en contraste con el nuevo Dios de los Filósofos, un Dios que aun no siendo persona sino el Ser mismo, sigue siendo una realidad llena de sentido.
Como dice Rudolf Bultmann: “Dios es la inseguridad del instante próximo, que el incrédulo experimenta como tener-que-existir (Daseinmüssen) y el creyente como poder-existir (Daseindürfen).” En verdad las variaciones respecto a la naturaleza de Dios y cómo decidimos actuar ante aquélla que aceptamos como cierta en la medida que nuestras capacidades y limitaciones humanas nos permiten conocerlo y acceder a Él, son muy variadas. Pero lo más importante es, que de una manera u otra tenemos siempre que acercarnos a la idea de a algo o alguien más pleno que nosotros, un Ser perfecto y no sólo perfectible como la persona.
De esta manera se demuestra por muchas vías que el hombre es un ser finito y limitado, que depende realmente de sus capacidades para conocer (razón y percepciones) y de un Ser Superior capaz de comprender todo aquello de lo que el hombre tiene una idea más no un concepto claro ni control. Ese Ser superior puede ser comprendido y aceptado como tal, en la medida en que el hombre haga analogías de lo que ya conoce con lo que intuye es la esencia de Dios (aunque fuera en dado caso de forma puramente nominal, como lo manejarían los empiristas). Pero es necesario que en un primer momento se dude inclusive de la existencia de este Ser, para entonces caer de vuelta en la necesidad del hombre a este, y por tanto creemos en su existencia, pues la necesidad no es puramente pasional ni puramente racional, sino que involucra de forma integral los aspectos característicos del ser humano, y sin ello lo obligan a desnaturalizarse.
Se trata de abandonarlo todo. Y definitivamente decidirse por una postura de las anteriormente mencionadas no puede ser más que una aventura de la decisión, un camino, es “rifársela” por algo o alguien que es mucho mejor que nosotros ya sea como Perfecto o como comprensivo de todo lo demás existente en el mundo. No puedo, ni tengo aún los argumentos necesarios para refutar o aceptar alguna teoría sobre el problema de Dios, sin embargo, tendiéndome un poco al estilo Kantiano y de Locke, creo firmemente que no puedo obtener la certeza de lo que no está en mí (la existencia de Dios) sin embargo tampoco puedo refutarla; tengo una idea de Él, y esa idea pudo haber sido formada por mi cultura y condiciones históricas, o puede ser muchas otras cosas más que ni siquiera hemos pensado, pero no necesariamente es un Ser Real que pone en nosotros la idea de su existencia.
Todo es en algún momento muy convincente, y a la vez, hasta cierto punto es también muy refutable, sin embargo, si he de llamarle intuición o quizá realmente revelación (participación del Ser), existe algo en el Dios Católico Cristiano que me atrae a confiar en Él, y como lo dice el verbo utilizado, confiar quiere decir tener fe; no hallo más argumento que pueda darme la “certeza”, pero racionalmente he demostrado que creer en la existencia de Dios, ¡no es un disparate! Sino al contrario y resulta excelente que tengamos la capacidad de atrevernos a dudar de Dios y todo lo que Él nos representa, para poder enfocarnos en todas las posibilidades del hombre con existencia independiente de un Ser Superior.
No he podido encontrar un argumento lógico y convincente, o aún un argumento puramente de experiencia, en el que realmente un ser humano explique la inexistencia de un Ser Absoluto creador, que comprende todo lo creado y le da sustento y perfección al mundo. Pero sí he encontrado argumentos de sobra para confiar en la existencia de un Ser Perfecto, y que por el momento, aún decido comprender (analógicamente) como un Padre estricto en cuanto a que tiene un principio de razón suficiente y necesidad que lo rige, sin quitarle la libertad, pero bondadoso, pues es el bien mismo, y que permite al ser humano actuar bien también en la medida en que participa de Él y su bondad, de su belleza como ser totalmente congruente en sí mismo, y en la medida que se descubre como un ser inacabado, imperfecto pero perfectible, y que pone en Dios sus esperanzas y metas para lograr superarse. Es finalmente lo que le da sentido a nuestra vida y existencia, no importa tanto si es un Dios que se crea por fe o por haber reconocido en la duda la necesidad de su existencia (aunque sí creo superior un nivel de aceptación de Dios que otro), lo importante es que se reconozca al hombre como necesitado de la perfección que se encuentra contenida en el Ser Supremo y Absoluto: Dios.




1 comment:
Bueno, no es estríctamente filosófico el planteamiento, pero me parece muy bueno. Definitivamente, siempre está ahí la opción de Dios para quien decida tomarla. Y aunque no sea estrictamente racional, de ningún modo carece de sentido. Como dices, es un fundamento de sentido para nuestra existencia. Sólo pondría en duda el afirmar que el hombre tiende a buscar una prefección que no está en él. ¿Es esto realmente cierto? ¿Realmente necesita el ser humano esa realidad superior? Tengo mis reservas. El hombre se busca a sí mismo, su sentido, busca su plenitud, y para esto no es necesaria la perfección ontológica. Me parece que estás parada sobre una visión muy tomista de los grados de perfección. Puede ser que tengas razón, pero es discutible. Bueno, luego hablaremos del tema con calma. Saludos y felicidades, ¡Adelante!
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