El cura Javier Ávila durante el funeral de las víctimas/Hugo Reyes
Narra padre minutos tras masacre en Creel: ''Los familiares se dolían. Algunos papás de las víctimas casi agujeraban el suelo golpeándolo''
Hugo Reyes
Miércoles, 20 de Agosto de 2008
Creel-- El padre Javier Ávila, que el sábado 16, día de la matanza en Creel, estaba oficiando misa, explica cómo se armó de valor para enfrentar esa situación e incluso realizar labores de peritos y tranquilizar a los dolientes.Llegaba la tarde del sábado cuando el sacerdote jesuita Ávila Aguirre, presbítero de la Tarahumara, celebraba en Creel una eucaristía para familias que venían de fuera. “Antes de la misa creí oír algo, ya comencé la misa con cierto nerviosismo… muy inquieto. No podía imaginarme lo que fuera a pasar y en ese ambiente celebré y terminé la eucaristía”.Antes, un grupo de jóvenes, de bachillerato en su mayoría, descalzos jugaban carreras en la bodega del Salón Profortarah, ubicada en el otro extremo del poblado. Apostaban la cena de la noche. Otros más, se habían integrado a la reunión luego de concluidas las carreras de caballos en el carril El Sahuaro. Entre ellos, estaba el profesor Édgar Loya, y su pequeño hijo de un año, Édgar Arnoldo Loya, quien corría junto con los jóvenes.“Terminando la eucaristía salí a ver qué sucedía, si alguien me podía informar. Entonces me dijeron que había 2 muertos. Aunque hubiera habido nada más heridos, simplemente el hecho de que hubiera un momento de agresión de ese estilo, ya para mí me alteraba, me preocupaba mucho… como sacerdote, como pastor y como persona humana”.Un grupo de varios vehículos lujosos y tripulados por un comando fuertemente armado, (algunos dicen que eran ente 8 y 10 sicarios) irrumpió en el salón Profortarah. Desde la calle comenzaron los disparos, cruzaron los más de 100 metros de terracería del estacionamiento y siguieron disparando.Los disparos impactaron primero en los vehículos que estaban alrededor del pórtico de la bodega. Hasta ahí llegaron los asesinos. Refugiados atrás de los vehículos, los jóvenes empezaron a caer víctimas de las balas.“Seguí investigando, después me llamaron de la clínica Santa Teresita. Llegué y me dijo la Superiora ‘¿supiste lo que pasó?’. Bueno sí, pero no sé qué tantos son. Le dije que había oído hablar de 2 muertos y me dijo ‘no, son mucho más y todos –parece ser– que no son heridos, sino ya están muertos’.“Inmediatamente corrí, tomé mi camioneta y me fui para allá. Yo sabía que me iba a topar a la policía, que me iban a impedir la entrada, que no me iba a dejar pasar… pero para sorpresa mía no me encontré a nadie. Nadie me impidió el paso, nadie cerró la carretera, nadie había tendido un círculo de protección en todo el espacio donde se habían dado esos acontecimientos… tranquilamente llegué hasta el lugar donde estaban las personas tiradas”.El Padre Ávila, conocido y respetado en la comunidad serrana, detiene un momento su plática, luego de la misa dominical –y nocturna– en honor de las 13 personas masacradas 27 horas antes. Su rostro se desencaja, toma aire a sabiendas de los horrores que está por relatar.“Me impactó mucho, primero como persona humana pues, nunca se me debe olvidar que antes de ser cura soy caballero y soy humano. Como persona humana me impactó mucho el ver los cuerpos tirados y el encontrarme el dolor de las madres que descubrieron el cuerpo de sus hijos para manifestarme lo que estaba pasando.Ver los cuerpos mutilados, las gargantas abiertas, los estómagos abiertos, el cerebro por un lado, las caras desfiguradas… me impactó mucho, no pude y me quebré”.Y se quebró al recordar su dolor, intenta detener las lágrimas y mantener la cordura para detallar su vivencia.Mientras, familiares de las víctimas pasan al lado del sacerdote con el féretro sellado. Luego de la eucaristía celebrada a las 10:00 de la noche, decidieron llevarlo a casa para velarlo con privacía, para llorarlo en su hogar.Los gritos desgarradores y el llanto de los deudos no cesaban. Familiares y amigos caminaban abrazados sin rumbo, apoyándose unos a otros. Algunos simplemente desfallecían y se recargaban en el templo.Las palabras se le esconden, no encuentra cómo explicar lo ocurrido sin que duela. Intenta proseguir pero el nudo en la garganta se lo impide. Tartamudea.“No sentía yo odio, sentía una incapacidad impresionante, no sabíamos qué hacer… no, no, no, noo… no sentía yo el odio, sentía yo el coraje frente a un hecho que no se había podido impedir.La familia se dolía, lloraba, se desesperaba, había desesperación en algunas madres, muy explicable. Algunos padres casi agujeraban el suelo golpeándolo. Acostados encima de sus hijos, hincados y con la cara recostada en el pecho de sus hijos y con unas lágrimas muy impresionantes.No sabía yo cuántos eran, a la primera vista vi como a 5, empecé a recorrer y conté 12. Después me dijeron “aquí falta 1” y al levantar la cobija vi al pequeñito en los brazos de su padre, su padre boca abajo y el pequeño protegido por el cuerpo de su padre”.El sacerdote Javier Avila, el hombre, ya no puede contener el dolor al recordar al papá tratando de proteger al pequeño.“La primera impresión es el dolor frente al que caminó contigo, con el que platicaste tanto, el que platicó tanto contigo… y verlo de esa manera masacrada, tan animal y tan inhumana. En ese momento –te digo– fue que me quebré, empecé a llorar y cuando oí los reclamos de la gente ‘ayúdenos padre, ayúdenos padre’, dije ‘Pato, te tienes que controlar”..Tomé mucho aire, tomé mucho aire y empecé a tratar de calmar a la gente, acompañarla, controlar la situación… no había nadie, como les decía, me sentí solo, porque no había nadie que ayudara a controlar la situación, que protegiera el espacio”.
''PASABA EL TIEMPO Y NO LLEGARON LAS AUTORIDADES''
El sangriento escenario estaba rodeado sólo de cuerpos despedazados y familiares incontrolables. La cordura del padre Ávila fue factor básico para que respetaran los procesos legales de una escena de crimen al que ninguna policía se había atrevido a llegar, una autoridad que pidió apoyo al sacerdote para tomar fotografías de los cuerpos y después “levantar un acta simple”.“Pasaba el tiempo y no llegaban las autoridades para levantar los cuerpos, me comuniqué a Chihuahua, me ofrecieron que inmediatamente venían. Fue una lucha constante para detener a la gente que no levantara los cuerpos de sus hijos que –con todo derecho– ya se los querían llevar.Ellos decían, ‘nosotros los limpiamos, los vestimos’. Entonces yo tratando de explicar lo que era el proceso normal, que no complicaran las cosas, que había cuerpos muy despedazados, que había que prepararlos, que no había entre nosotros ningún especialista que pudiera hacer esos movimientos. Poco a poco los fui convenciendo y se fueron tranquilizando. Ya no me acuerdo ni cuántas cosas les dije. Ellos accedieron y dejaron los cuerpos intactos. Y se fue oscureciendo, oscureciendo, oscureciendo. Pusieron veladoras alrededor y después, para que las cosas se agilizaran, las autoridades telefónicamente me solicitaron ayuda para que pudiéramos ir sacando fotografías de los cuerpos y ya nada más llegar a levantar un acta simple, tomar datos de cada uno.Entonces procedí. Ahí la gente se portó muy respetuosa, le dije lo que tenía que hacer y por qué lo tenía que hacer. Les pedí que por respeto al muerto, al difunto y a los familiares, que se retiraran para poder descubrir el cuerpo. Todo el mundo se retiró, alguien me ayudaba a levantar la cobija, yo tomaba la fotografía y así nos fuimos con todos los cuerpos”.“Las autoridades llegaron y se empezaron a levantar las actas. Fue rápido afortunadamente, ya la gente estaba muy desesperada. Se pudieron levantar las actas, se tomaron fotografías de nuevo y se procedió a levantar los cuerpos en las camionetas de la Policía Ministerial para llevarse a la funeraria”.Pero repite: “en el momento en que yo llegué, no te sé decir la hora porque lo tengo confuso, no encontré ningún policía alrededor. Había algunas camionetas de Vialidad en la calle, estacionadas, pero no se vieron los agentes cerca del lugar de los hechos”. Y aclara: “te digo, si antes estuvieron no me consta. Cuando llegué, no había nadie”.El “Padre Pato” intenta comprender la reacción de los policías, intenta razonar por qué en un período largo de tiempo él estuvo solo consolando a la gente, tratando de proteger la escena del crimen.“Como personas humanas todos tememos, el problema es en cómo manejamos el miedo; el chiste no es tener miedo el chiste es no dejar que el miedo nos domine.Gente como policías, agentes, viven en situaciones de límite y de riesgo constante. Yo creo que es gente preparada para afrontar y manejar esas situaciones. Porque en el momento en que cualquier situación límite los domina a ellos, les hace temer, les hace huir o retirarse, yo diría: ojalá tuviéramos otro tipo de agentes de seguridad”.La línea entre el sacerdote y el ser humano se había diluido hace mucho. Ahí, en medio del dolor y los cuerpos inertes, protegidos por padres también mutilados en el alma, estaba el hombre con la fortaleza espiritual para reconfortar a sus amigos, porque la obligación y el aprendizaje pastoral recibido en la Iglesia católica, era la fuente de fortaleza para ayudar a sus amigos vivos, y para encontrar consuelo al ver sus amigos muertos.En esos momentos de tensión, cuando en su interior luchaban el dolor y la cordura, alguien le llamó pidiéndole que se alejara del lugar, que los asesinos iban para allá nuevamente. “Pero no los podía dejar –a sus amigos–, tenía que estar con ellos y que Dios decidiera”. “Había temor de que apareciera de nuevo alguien o pasara alguna otra cosa, como ya había sucedido. Y bueno... en ese momento recapacité: yo no le hago falta a nadie, yo no tengo familia, no tengo a quién le deba. No tengo mujer, no tengo hijos.. Mi vida está… he optado de por vida por el pueblo y por la gente.Entonces en ese momento considero que dominé el miedo y dije: me quedo… y al frente. Afortunadamente no pasó nada”.“Se fueron llevando los cuerpos a la funeraria y en el momento en que iban todos los cuerpos en las camionetas de la Policía Ministerial –no sé de dónde–, apareció un desfile de camionetas de Cipol, de la Policía Municipal y de Vialidad”.En el templo, 7 ataúdes contenían 8 cuerpos que fueron velados la noche del domingo para su sepultura el día siguiente.“Fueron varios féretros sellados porque ya no fue posible rehacerles su aspecto físico… entonces, no sé, pero ya hay actos que son muy inhumanos, por no decir muy salvajes”.
"amar y servir en nuestras culturas"